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jueves, 19 de julio de 2012

Tauromaquia


La noche no me responde y el cielo ya no desea cobijarme. Hay una ausencia que habita el mundo y como ausencia me llama. Camino por las calles, cargadas de hojas sólo donde pisan mis pasos, como si el otoño se empecinara en apabullarme de tristeza. Nadie me mira... es más, creo que no hay nadie. El silencio es de plomo, es azul, es hermoso, pero pesa como el aire apretado de la soledad. Yo camino... A los costados, altos carteles de publicidad se ríen de mí. Soy el estúpido que lo perdió todo, el que se quedó solo por perseguir una búsqueda que merece irle detrás. Pero el amor se empecina, nada a través de las lágrimas; corre, se arroja, sucumbe, emerge en la marejada… y boga hacia tu costa. Una luz guía su deseo, aun a parpados cerrados. No se sienta a pensar una calculada venganza. Prefiere el mareo de una diestra verónica y la filosa amenaza del cuerno del toro… y si la herida es profunda, profunda será la cicatriz que lo marque. Pero ese será el sello de mi amor, mi niña, y no el de la vergüenza de un cobarde sablazo en el corazón de una bestia hace tiempo malherida.


Autor: Cristian Crucianelli






domingo, 1 de julio de 2012

Eras vos


...un arrebato de campanas parecía seguirme desde el cementerio. La bóveda del cielo lo amplificaba como si la necrópolis lo rodeara todo. Las veredas estaban secas, aburridas. Los adoquines de la calle no dejaban de crecer entre la parda hierba. A la distancia, en una extraña perspectiva, la tarde se rompía con una luz de cristal. 
Por fin el otoño había derrotado al verano, pero nadie parecía haberse percatado. Sólo los árboles eran concientes; tenían esa tristeza estoica propia de los padres cuando ven a sus hijos despedirse de la niñez. 
Hacia la costanera, pequeñas olas se acercaban en ondas y en ondas se alejaban. "Todo es un círculo", pensé. 
Al llegar a la escollera me descalcé. Caminé hasta el último bloque de roca. Me senté de cara al horizonte. En la última luz de la tarde se trasparentaban unos palmos de agua. El musgo junto a la piedra brillaba en una eternidad que no llegaba a comprender. Finalmente, me acuclillé e incorporé. Di vuelta sobre mis pasos, avancé unos pocos metros de vuelta a mi morada. Me detuve, me volví hacia el horizonte y me repetí "Esto ya lo vi. Esto ya lo vi..."


Autor: Cristian Crucianelli