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viernes, 21 de abril de 2017

Y una chica pasó a mi lado


   Michelle, muchas veces voy por la calle mirando tus fotos en el celular. Hoy, ya estaba llegando a casa, y casi me hago percha en el puente de Newbery y Crámer. Era ya de noche y venía entusiasmado mirando por enésima vez la mismas fotos y casi me como un coso de cemento pintado color 'noche'; es algo así como una baranda-pared que termina como un rulo en degradé justo en la ochava de una esquina tan oscura como mi boca; un coso que parece estar diseñado para dañar a distraídos y soñadores. Me pareció que venía alguien de frente, como una sombra, o un fantasma, quizás un monstruo. Y levanté la vista y lo vi: a un paso y medio de mis pies, el coso ese, con su filoso y único diente de unos tremendos 30 centímetros de alto, parecía esperarme para cortarme las patas a mitad de las pantorrillas. Me paré en seco, che! Una chica pasó a mi lado. Me quedé parado ahí unos segundos, duro, plantado al piso... mirando tus fotos; y unos segundo más, y otros más; como medio minuto. El coso seguía ahí. Levanté una pata, la pasé por arriba del coso. Sin dejar de mirar tus fotos, qué chiquita que eras!, levanté la otra y dejé atrás el coso ese pintado color-noche. Y seguí caminando casi una cuadra sin dejar de mirar tus fotos, hasta que llegué a casa. Una vez adentro, sin encender la luz, busqué el cargador y enchufé el celular.








Autor: Cristian Crucianelli

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viernes, 14 de abril de 2017

Hipersomnia


   
Anoche soñé con vos. Soñé que venías a despertarme y yo te decía 'No me despiertes que estoy soñando con vos'.







Autor: Cristian Crucianelli

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viernes, 17 de marzo de 2017

El otro


   
   Michelle, escribir estas cosas me ayudó a decir la tristeza, a 

sacarla de mí; alejarla. 

   A que sea otro el que muera; ése ser que invento en cada relato; 

ése que nace y muere en cada cuento y que regala su vida 

a quien lo lee. Uno de esos seres prestados que, cada vez que se cierra 

la última página, se escapa de mi piel y decide morir, para 

que yo no lo haga.






Autor: Cristian Crucianelli

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sábado, 22 de octubre de 2016

Los dos patitos


22 de octubre de 2016. 

Hoy hace un año que te vi por última vez. Nunca estuvimos tanto tiempo separados. No quería que llegue este día, pero me pasó por arriba. Recuerdo, cuando una vez, vos eras chiquita, yo había vuelto de mis primeras vacaciones sin vos. Me fui por quince días. Te extrañaba y me volví al quinto. Llegó el lunes (o un miércoles o un sábado por medio, no recuerdo. Pero no pudo haber sido un martes o un jueves o un viernes o un domingo o el otro sábado por medio, porque nos tenían prohibido vernos esos días... ni aunque estuvieras enferma ni aunque fuera tu cumpleaños ni el mío ni un día del Padre ni un Día del Niño ni Noche Buena ni... ni aunque un monstruo te perturbara en sueños). Pero al fin, te fui a buscar, después de casi una semana sin verte, que me pareció un año (no, un año no, por Dios...!) y te llevé a la casa de los abuelos. Andabas correteando por ahí y te dije 'Dale, vení a la mesa a tomar el yogur'. Como siempre, no me dabas bola. 'Dale, Michelle, tomate el yogur', ni bola. 'Bueno, Michi, me voy a comprar cigarrillos al kiosco'. 'No', me dijiste. 'No, qué?' 'Voy con vos y me compras un...'. Ay!, no me acuerdo qué te compraba en el kiosco, puta madre! Cómo puede ser que no me acuerde! Ah, un Kinder... sí, sí, un Kinder (creo). 'Bueno, pero primero tomate el yogur'. 'No'. 'Sí'. 'No'. 'Sí'. Y ni bola. Seguiste jugando con la cucharita y cantando sola y, ahí, en la luna, y yo como si hubiera desaparecido de tu vida... y, medio que me cansé, tenía ganas de fumar, no tenía puchos, me fui para la puerta y te dije 'Chau, me voy'. 'Otra vez...?', gritaste, como si se te hubiese atragantado la vida. Te bajaste de la silla, te quedaste quietita y, desde ahí abajo, me miraste suplicante y, casi llorando, me dijiste 'Papi, no te vayas...'. 
Ahí me di cuenta de la cagada que me mandé 'Me iba al kiosco, Michelle, al kiosco'. Me agaché y corriste a abrazarme. Es que ahora pienso, eras chiquita y, para vos, casi una semana sin verme era como un año. Como un año...!

Hoy hace un año que no te veo. Tengo tantas cosas para contarte... te cuento una sola: dejé de fumar.





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miércoles, 19 de agosto de 2015

Zapallitos verdes

   
   Estoy en un frío y desnudo salón, en un manicomio, sentado a una mesa escribiendo. Por las noches, sólo me dejan encendida la luz de la luna. A mi lado, en un sillón de almohadas, hay un viejo loco. Con su paso cansino de piernas añosas, quebradas en ángulos, me sigue adonde quiera que voy, a todas partes. Cómo si fuera mi continuación, está siempre, siempre, siempre pegado a mí, porque le doy cigarrillos o por que me quiere. O por alguna otra razón, o por ninguna, o porque sí, o porque no... pero seguramente porque está loco como el mundo, loco de remate, y al peor postor. ¡Porque hay que estar conmigo!
   Yo escribo. El dice que soy el mejor escritor de todos los tiempos. Nunca leyó un cuento mío.
   Yo digo que él es el mejor loco que conocí. Que en la hilera de reparto de demencia él quedó primero. Lejos, ¡eh! A sideral distancia del segundo. Yo soy el tercero, y el último mi papá.
   Hace cuatro años que estamos juntos el viejito loco y yo. En ese tiempo él leyó cada cuento que yo iba escribiendo. Cada vez que terminaba la lectura, se sacaba los lentes, los guardaba en el bolsillo, se recostaba en el sillón, y tomándose el mentón con un típico gesto freudiano, decía cosas como:
   -...el mensaje es muy sutil, la tersura del lenguaje es tácitamente tenue, con algunos claroscuros que logran el exacto valor...
   Era pintor. Antes de ser loco, era pintor. Lo encerraron en el manicomio porque les decía estupideces a las mujeres desde el balcón-ventana de su departamento de Paraná y Arenales.
   -¿Qué les decías, tío -porque yo lo llamo tío-, qué les decías a las chicas desde tu  balcón?
   -...y, yo les decía... hola buena moza... ¿me permitiría acompañarla por las callejuelas que se pierden a lo lejos en la gris ciudad? ...su camino estará siempre pincelado por mis manos...
   ¡Pero qué viejo boludo! ¡Cómo no puede darse cuenta de lo soez-procaz-irrespetuoso-insultante-puerco-promiscuo-chancho inmundo que podía llegar a ser para esas mujeres, que desde la calle, tenían que soportar tales improperios; y para esas otras dos, sus hermanas, que sentían heridos sus delicados oídos de Barrio Norte por las sureñas, casi orilleras palabras de su hermano, que ya no podía pintar porque sus manos estaban ateridas por la artrosis, eternamente pegoteadas de colores, paisajes y óleo! ¿Cuánto era el valor que podían perder sus retratos de niñas sonrojadas, sus naturalezas muertas, sus luces y sombras traducidas por un espíritu que con el paso de los años, como un vino avinagrado, se hizo eso: sólo un fantasma sin espíritu, un fantoche que dice cosas indecentes en un barrio de señoras? ¡Hasta dónde podría caer el prestigio y abolengo familiar cada vez que el viejo de mierda se perdía en el barrio y era traído por la policía! O cuando iba a la verdulería a comprar zapallitos verdes y se iba sin pagar, y ni hablar cuando se cagaba encima delante de los invitados...
   -...los ojos de una niña -él me decía- deben ser como dos agujeros en la tela, dos agujeros en el cielo... llenos de nada, llenos de todo...  de nada, para que puedan ser inundados con lágrimas repentinas... lo  suficientemente grandes como para que quepan en ellos los duendes, las hadas, y príncipes montando caballos alados... Y llenos de todo, porque, ¿qué puede sobrar en la mirada de una niña…?  
   ¡Pero qué viejo boludo! ¡Ya no puede pintar, y encima no se quiere morir!
     -¿Por eso te encerraron, tío?
   -¿...qué?
   -Si por eso te encerraron: el artista de la familia, quien fuera lamentable e irremediablemente devorado por su genialidad, fue encerrado en el hospicio, ergo, tus cuadros valen más.
   -Puede ser –respondió, como a una pregunta olvidada, mientras se recostaba en el sillón tocándose la barbilla; la mirada fija en el alto techo, cavilante-.  Puede ser... pero mis cuadros no pueden ser comparados con sus cuentos... ¿No tiene un cigarrillo?
   Se lo doy. Se lo enciendo.
   -...sus cuentos son superiores; yo diría, casi sublimes...
   -¿Y tus hermanas, tío, cobran tu pensión, ¿no?
   -...tienen esa tristeza que yo nunca pude plasmar en la tela...
   -¡Viejas chotas! 
   -...sus lunas entintadas en las páginas de un libro son más sensuales que las mías, como si hubiera alguien que las amara, en cambio las mías...
   Hace unos días una enfermera me dijo que el tío no ve un “barco en una palangana”. Yo le pregunté si alguien lo había visto alguna vez  (al barco en la palangana), porque quería ser amigo de ese personaje. Me dijo que no me hiciera el tarado, que lo que sobraba aquí eran tarados. Que el viejo no podía leer una palabra porque sus ojos habían olvidado el sentido de las letras, como me explicó después un médico.
   Ese día le di un cuento. Fue el mismo día en que descubrí que mi padre no había muerto, sino que todo era una mentira para no venir a visitarme. El cuento estaba escrito únicamente con letras ‘equis’; unas tras otras, separadas en grupos formando falsas palabras... ¡ falsas palabras...!                
  Tardó veinte minutos en leerlo, un poco más de lo habitual. Se sacó los lentes, se recostó en el sillón limpiándose los lagrimales, y sin mirarme a los ojos, casi de manera distraída me dijo:
   -¿Tiene un cigarrillo?
   Se lo di. Se lo encendí.
   -...esto es único, es lo que siempre traté de lograr, es el dominio total de la luz; son todos los colores en uno...
   Me fui derecho para la guardia. Le pregunté al médico si el tío podía distinguir una equis de otra letra, o si podía haberse dado cuenta... Me dijo que no. Era imposible.
   El tío nunca había leído un cuento mío.  
   No sé porqué hasta el día de hoy dejé que el engaño siguiera. No sé si una cierta piedad me frenaba a descubrirlo. Si todo se había convertido en un juego, para él y para mí. Un juego donde la única regla era tácitamente secreta. O, lo más probable, porque las interpretaciones del tío sobre mis cuentos parecían ser las de un viejo maestro oriental: escuetas metáforas hermosamente traducidas por el conocimiento que dan los años. Claro, ¡y su edad! El tío podría haber sido mi padre. En definitiva había sido como mi padre. Todo este tiempo me había mentido... como mi padre. 
   Ahora, bajo el dictado de la luz lunática, estoy terminando un cuento. Habla de un viejo y un joven encerrados en un manicomio.
   El viejo está sentado a mi lado, esperando que termine mi trabajo para pedirme un cigarrillo.
   Arranco las hojas. Se las doy.
   -¿No tiene un cigarrillo?
   -No, primero leé el cuento.
   Se pone los lentes, cruza las piernas, se acomoda el pantalón y alzando las cejas comienza su particular lectura. Yo lo observo; es como si viera al fantasma de mi padre…
   Me devuelve las hojas, se saca los lentes al tiempo que humedece sus labios con la lengua.
   -...es un cuento de contrastes, donde nada es lo que parece ser, un cuento donde usted juega de manera expresionista con el tamaño de las cosas...
   -¡No, viejo de mierda! ¡No te hagas el boludo! Quiero el tema, quiero que me digas exactamente de que se trata...
   Me mira sorprendido, como no entendiendo mi enojo. Se incorpora en el sillón y abriendo sus manos viejas me dice:       
   -...trata de dos hermosos veleros, navegando en una palangana...
   No nos decimos nada por unos minutos. En el hospicio todos duermen.
   Después, yo le digo: -¿Querés un cigarrillo, tío? 
   Y él me dice: -Sí.









Autor: Cristian Crucianelli

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domingo, 19 de abril de 2015

¿Has visto al hombre alguna vez?


...has visto al león saltar la pared?

La noche era serena, sin luna. Un fino rocío, casi imperceptible, caía sobre la piel de la ciudad. Yo lo vi, era menos que humano, más que animal. Oí el silencio que hacían sus pasos sobre el asfalto. Sentí hambre en las tripas cuando lo vi. Y lo seguí.
Algo dentro de mí se desgarró esa noche. Sentí el ruido de una gran compuerta abriéndose a lo lejos en una profundidad extraña. Mi ser era el reflejo de un gran pasillo de luces y sombras proyectadas en las paredes. No había ruidos humanos, sólo metal contra metal, y una respiración profunda despertándose al final de túnel, donde la luz se hace penumbras y destellos. Un humo viejo se desliza bajo, casi quieto. Ruidos de cadenas conmueven el aire y las luces salpican blancas y negras las informes siluetas de polvo denso y gris. Todo sucede dentro de mí pero no hay nada humano allí. Alguien ha alimentado a la bestia en lo que ya fue, pero un nuevo hambre la despertó de su letargo. Hay un sola salida de la visceral cueva, pero, para ello, la carne de mis músculos será atravesada. Los ruidos se acallan secamente y el silencio se adueña de la penumbra. La bestia está quieta pero ya no espera. Todo se oscurece desde lo profundo hasta mis ojos. La luz de Dios se apaga por un instante y las campanas del infierno dejan de tañir su sórdido sonido. El aire es sólido, pesado como una piedra. Ya nada puede ser cambiado. Lo atado se desata. La ciudad ignora lo inminente, pero igual se estremece en un temblor subterráneo, y calla... 
Todo es silencio y oscuridad. Dentro de mi carne, donde sucumbe el abismo, estalla el rugido de un león. ¿Lo has visto alguna vez? 
El templo se ilumina. La portentosa bestia yace sobre una piedra, anclados los grilletes de sus cuatro patas. Abre las fauces y el humo de su aliento se disipa en remolinos. Ruge el león. Sus amarillos ojos se encienden en la negra cabellera. Ruge el león, y con la furia de un movimiento rampante destroza las cadenas. Se remueve sobre la piedra. El polvo desciende a sus pies. Su mirada, somnolienta, busca, al despertar, reconocer el lugar donde ha nacido. Finalmente, se yergue sobre la piedra y salta...
Sus garras se clavan en la tierra, desgarrándola en trozos. Galopa hacia la salida; y en su cabellera lleva el viento. Algo se desgarra dentro de mí... y escapa.
Se oye el grito de una bruja agonizando y la risotada de una nodriza mientras lava sus manos en agua tibia. La campana de la iglesia cae destrozándose en sonidos. 
Un recién nacido es abandonado en un baldío dentro de una bolsa de arpillera. La luna comienza a mostrarse en creciente. 
¿Has visto al león? ¿Oíste el silencio de sus pasos acariciando el asfalto?
Las gentes cierran las puertas de sus casas. Las madres abrazan a sus hijos. La luna se eleva en el cielo iluminando la silueta de la ciudad. La bestia está suelta, recorriendo la plaza desierta. Una hamaca pendula con el viento de la noche. El león olfatea el aire y penetra en el baldío. El niño llora. El niño llora. ¿Has oído su llanto? 
La ciudad desolada aguarda la salida del sol. Mientras, el león, clava sus dientes en la arpillera. ¿Has visto su sombra? ¿Has visto la luna ponerse?
El león abandona el baldío y va en tu búsqueda. 
¿Has visto alguna vez sus ojos? 
Antes del amanecer encontrará tu casa. Saltará la pared, rondará tu jardín y se asomará a tu ventana. Entonces, cuando amanezca y abras tu puerta, verás a tus pies a un niño gimiente envuelto en arpillera y a un majestuoso león rugiendo al sol en tu tejado. Ése, es el hombre. Pero ya no está en la casa.













Autor: Cristian Crucianelli

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domingo, 1 de febrero de 2015

Atado de cigarrillos



Hoy me sucedió algo particularmente extraño. Estaba leyendo, 

hasta que llegué a una frase que decía 'Acompañada por su 

padre, llegó una joven a la que el fuego de sus ojos 

bellísimos y su pelo de ébano proclamaban...'. 

Me desconcentré y empecé a pensar en vos. Dejé el libro a 

un lado y prendí un cigarrillo. Cuando iba a tirar la ceniza, vi 

que en el cenicero había otro cigarrillo recién encendido. 

Me puse a llorar. 









Autor: Cristian Crucianelli

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